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Lecciones de Tony Orama
14.08.08

En este enigma de la vida es inútil intentar escapar de las oportunidades de crecimiento que nos rodean incesantemente, pero que nosotros no queramos o no estemos preparados para aprovecharlas ya es otra cosa. Reconozco que no es fácil ver la imagen completa de la vida cuando tantos detalles cercanos a nuestros ojos no nos permiten una percepción abarcadora, como el adagio inglés que dice "no puedo ver el bosque debido a los árboles". En este estado, por ejemplo, podemos estar viendo un punto color cian con un microscopio, pero cuando retiramos el aparato podemos ver el hermoso paisaje plasmado en el impreso que contiene ese y otros millones de puntos. El punto observado sigue estando ahí cuando apreciamos la imagen a simple vista, igual que la imagen siempre había estado ahí cuando observábamos el punto con el microscopio. 
       Nuestra visión de la vida es análoga a poder ver solamente los puntitos que la matizan y la sazonan. Esos puntitos son nuestras vivencias cotidianas que juntas, o vistas desde una postura impersonal, nos muestran el cuadro general de nuestra existencia. Algunos de estos puntos los encontramos agradables y otros repugnantes; la observación me sugiere que la mayoría de nosotros parece ver casi únicamente los puntitos indeseables. Lo curioso de esto es que son esos puntitos desagradables los que nos presentan las más importantes oportunidades de crecimiento, tanto intelectual como espiritual. Es así que en muchos casos son las personas menos esperadas las que nos ofrecen, generalmente sin darse cuenta tampoco, las mejores lecciones de la vida.
       Me refiero a aquellas personas con quienes tenemos una amplia gama de roces y especialmente las que son recurrentes en nuestras vidas. En muchos casos tendemos a repeler personas que nos incomodan, cuyo comportamiento u opinión causan reacciones "menos que agradables" en nosotros. No es que estas personas estén erróneas, sean inferiores o disfruten incomodando a otros, sino que simplemente cada persona literalmente vibra es su propia frecuencia (ni buena ni mala) y, como lo presenta la ciencia de la acústica, no todas las frecuencias son armónicas entre sí. Reconozco que mi tendencia natural, aunque generalmente es sólidamente neutral ante este tipo de situaciones "desarmonizadas", todavía a veces falla crasamente. 
       Es aquí donde te presento a Tony Orama, vecino del pueblo en que vivo, hermano masón y a quien conozco desde la infancia. Hace unos años Tony y yo fuimos socios en la operación de un periódico comunitario, por lo que en un momento en la historia fuimos muy íntimos amigos. Sin embargo, nuestras embarcaciones fueron alejándose a la deriva y de mi parte llegué a poner cierta distancia con él debido a nociones privadas que no vienen al caso. Maravillosamente, ha sido él quien recientemente me ha brindado tres fascinantes lecciones que jamás olvidaré. Te cuento.
       Recientemente sin tener transportación, voy caminando por el pueblo hacia mi casa. Un vehículo se detiene a mi lado y al voltearme veo a Tony en este haciéndome señales de que me suba. Me monto, le hago un chiste tonto para romper el hielo, él responde con el suyo y continuamos. "Nosotros nos hemos alejado", me dice, "no sé si yo me alejé de ti o tú de mí, pero eso no tiene que ser así. Cuando necesites carro vienes a casa y te lo llevas". Reconociendo que tiene la razón, que ha tenido la valentía de atender directamente nuestro distanciamiento y que más allá me ofrece ayuda, le contesto: "Tienes toda la razón, gracias". Puede ser que en ese momento no lo captara correctamente, pero en aquel instante lo que literalmente sentí de él fue una inmensa tristeza, tan grande que me impactó físicamente durante horas. Aun así no pensé que su tristeza estuviese relacionada conmigo.
       Con esta experiencia Tony me recordó de manera impactante que ponerle distancia a personas que nos incomodan, no importa cuán leve o fuertemente, no subsana nuestro sentir, no arregla el asunto. Ponerle distancia fue un intento de escapismo mío, inconscientemente aceptando el erróneo lema que reza: "Ojos que no ven corazón que no siente". Como lo he expresado anteriormente, todo punto de desafinación que exista en el universo, bajo cualquier circunstancia, atraerá automática y continuamente los mecanismos para equilibrarlo en la armonía cósmica. Esos mecanismos toman forma de personas, lugares, sucesos, situaciones, etc. que atraen los puntos desafinados constantemente hasta que se dé el equilibrio. El universo lo logra simplemente presentándonos oportunidades que frecuentemente juzgamos como incómodas, problemáticas o generalmente negativas. Mi escapismo fue una manera de resistir la corriente armónica universal. El mecanismo detrás de mi encuentro con Tony este día apareó útilmente mi carencia de transportación, su presencia en mi camino en el lugar y momento precisos y su audacia de ofrecer llevarme. Habiendo yo reconocido y aceptado la oferta que me facilitó la vida, por carambola otras dos personas cercanas (que también encuentro difíciles de tratar) se han beneficiado directamente de mi experiencia con Tony.
       Las otras dos lecciones que él me ha facilitado no están en lo interpersonal, sino en lo trascendental, mediante procesos en los cuales él asumió el rol de mediador de vivencias más cósmicas. En la segunda, dos semanas después de aquel primer encuentro y luego siendo él recluido gravemente en el hospital durante una semana, me motivé a visitarle. La visita fue corta, pero tuvimos otra oportunidad de "desdistanciarnos" más. Luego se le diagnosticó cáncer del estómago y la última vez que lo vi en el hospital le prometí que pasaría por su casa a visitarle, "a ver qué podía hacer por él". Tony comprendió instantáneamente, dijo "sí, yo sé que puedes ayudarme" y yo entendí instantáneamente a lo que se refería. 
       Las visitas han sido frecuentes desde que él aceptó mi "aportación". Generalmente, antes de proceder a lo que algunos llamarían "orarle", intento percibir cuál sería el mejor punto del cuerpo para concentrarme. En tiempos más recientes ese proceso ha incluido intuitiva y espontáneamente encontrar su pulso cardiaco antes de comenzar. Antes del día clave de este segundo recuento, yo no me imaginaba que este procedimiento me beneficiaría tanto a mí (¿quizás más?) como a él. Ese día, concentrado en el proceso, su pulso comenzó a resonar en mí cada vez más "ampliamente" (no tengo otra manera de describirlo), expandiéndose fuera de los límites materiales hacia dimensiones indescifrables. En un momento su pulso era el pulso del universo, era la vida cósmica representada en él. Comprendí que existe una sola vida que se manifiesta a través de él, de mí, de ti y de todos los seres vivos. Es el principio vital de los orientales encarnado en cada uno. "La perfección el universo está aquí ahora mismo" sonaba en mi mente continuamente mientras captaba células, moléculas y átomos en su vivo movimiento eterno, simplemente respondiendo a una extraña pulsación que en ese momento se reflejaba en la piel de Tony y yo la percibía.
       En cierto modo entendí que él, a pesar de su condición médica, está perfectamente vivo materialmente aunque algunas de sus células hayan dejado de funcionar… decaídas igual que en todos nosotros pero en mayor medida en él. Mientras esa pulsación haga palpitar nuestros corazones, ese fluido vital universal hará su parte para mantener en la raya la entropía, esa otra fuerza que, también útilmente, se encarga de reciclar la materia descomponiéndola en formas más simples. Más allá de eso, se me recalcó que todos podemos sanarnos y ayudar a otros a sanarse a sí mismos si logramos mantener el énfasis de nuestros pensamientos, palabras y expresiones físicas enfocados en la perfección del universo en vez de en las enfermedades que nos asedian. Nuestros pensamientos son energía que nutre todo el contenido de nuestra existencia: si continuamente recalcamos enfermedad, negatividad y pesimismo, continuamente alimentamos esos estados no solamente en nosotros, sino también en los demás. 
       No se trata de que unos sanen a otros, sino de que uno ayude a otro a sanarse a sí mismo reforzando el libre fluir de esa única vida universal en nosotros y en todo lo que nos rodea. La sanación no es externa, sino siempre interna. Externamente nos ayudamos los unos a los otros a que el fluido vital individual sea fortalecido. Ese es el verdadero "milagro" que sana. No importa cuán proficientes sean los médicos ni cuán eficaces sean los medicamentos, si el paciente (y los que lo rodean) enfatiza continuamente su enfermedad, no hay persona ni sustancia que lo cure a largo plazo.
       La tercera lección aprendida mediante Tony se dio hace un rato, también mientras le visitaba. Después de algo de conversación liviana, estábamos listos para concentrarnos. Una vez más, él solicitó la participación de sus familiares, particularmente de su sus nietos que, según dice, lo nutren internamente. Formado el círculo con el contacto físico acostumbrado, el proceso comienza normalmente. Esta vez, sin embargo, noto cierto flujo etéreo entre los parientes consanguíneos. Era un tipo de corriente alterna eléctrica entre ellos pero que también tocaba a los demás, aunque de manera distinta. En el momento, sin intentar razonarlo entendí que tiene que ver con los genes compartidos, con una afinidad perfecta y sutil que los conecta como cualquier red energética. También entendí que, igual que los trasplantes órganos materiales, la afinidad genética ofrece un alto potencial en la sanación y en otra amplia gama de relaciones interpersonales. Jamás habría imaginado yo que los vínculos familiares se extienden a otras dimensiones mediante la transmisión "inalámbrica" del ADN, mucho más allá de las conexiones socio-emocionales formadas durante la crianza.
       Estas experiencias representan algunas de las enseñanzas más valiosas que he encontrado en mi camino espiritual. ¿Quién podría pensar que un paciente recluido y con poca movilidad tiene poco o nada que contribuirle a otros? Gracias, Tony, ahora te debo más.